miércoles, febrero 18, 2009

capítulo once

11. Gimnasio

Hace diez años no me hacia falta ir doce horas semanales al gimnasio para permanecer delgada y en forma. No tenía que malgastar jornadas completas que podría aprovechar en otras cosas.

Voy a un club que sale 500 dólares por mes. Tengo maquinas en mi casa pero no me gusta entrenar ahí. Pierdo el ritmo. Pago tanto porque es un gimnasio muy exclusivo y muy pocas veces alguien interrumpe mi rutina. Si entreno en mi casa me pongo a hacer cosas de 'mamá'. Esa clase de cosas que me hacen perder el equilibro y logran que las paredes se achiquen y las ventanas se hagan cada vez más grandes. Es entonces cuando tengo que tomar un poco más de clonazepam para no perder la cabeza antes de que llegue mi marido y verlo; morderme la lengua; suspirar pequeños 'te odio' cuando se da vuelta. Escupirle la comida que le hace la cocinera para que se lleve a ese trabajo ridículo que tiene (que le consiguieron mis padres, porque por él mismo no hubiera hecho nada). Odiarlo y no tener las fuerzas para hacer el bolso e irme bien lejos porque sé que sería mi fin tanto como el de él.

Paso mucho en el gimnasio, porque el tiempo corre y de alguna manera se lleva mi dinero y mis cuentas corrientes secretas. Es por eso que me tuve que alejar tanto de mi casa, de mi hijo, descuidar mi matrimonio. No soy una estúpida. Se trata sobre que no soy una gran periodista, y si llegué hasta donde estoy se debe en gran parte a mi apariencia. Admitámoslo. Había gente mucho más exitosa pero los pasé por encima y no por mi talento.

Algún día, alguien importante del grupo va a usar esa balanza en la que está mi nombre escrito. Y saldré perdiendo. De eso se trata mi forma de actuar. Por eso el sexo casual con productores casados. Por eso mi desdén hacia todo mi entorno. Jamás podrían entender que esta es una profesión de las apariencias, y mientras estás sumergida en este océano: estás sola. Más sola que nunca y no le podés contar a nadie los secretos, ni las enfermedades sexuales, ni las perversiones de los tipos que después salen en la tapa de Caras mostrando a sus hijos y a su mujer, recién sacados de un folleto del Opus Dei.

De eso se trata “salir en la tele”. Y nadie puede saberlo.