Capítulo 4 de 40... ya estoy terminando...
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- Disculpa hija, me quedé dormida. – refriega sus ojos mientras abre la puerta del baño, sin preguntar antes si podía hacerlo.
- Bueno. – atino a decirle mientras empujo con mi hombro la puerta que ella esfuerza por seguir abriendo.
Antes de salir del baño agarro una tira de Cafiaspirina y tomo dos.
Estoy parada en la esquina de Rivadavia y Acoyte esperando el 42 porque mi papá no tiene ganas de alcanzarme hasta la facultad. Llevo un pantalón nuevo que compré la semana pasada y una campera con corderito preciosa que trajo mi tía de España. Escucho en el iPod un compilado armado por mi hermano, Soft Cell canta Tainted Love. Amo la música ochentosa. Arriba del colectivo no hay mucha gente, y no reconozco a nadie que curse conmigo. Me siento y me pongo mis Orbital blancos, porque en el reflejo de la ventana veo que tengo ojeras.
La mañana de facultad pasa casi sin que me dé cuenta, antes de entrar compré una Coca Cola Light y tomé cuatro cafias más. Ahora estoy sentada por ahí, en las afueras de Ciudad Universitaria. Un chico muy feo que está enamorado de mí me habla. Lo conozco desde hace tres meses pero no sé su nombre. Mientras intenta llamar mi atención me pongo los auriculares de nuevo y ahora es Genesis con Phil Collins quien me llena la cabeza de ideas perturbadoras.
Espero al coche de mi papá, que llega a los diez minutos y me saco de encima al pobre chico sin vida, actitud, ni belleza. Sin nada que ofrecerme.
Voy sentada en el asiento del acompañante y me pongo el cinturón de seguridad. Viajar seguro. Pienso en Andino vendiendo un seguro en una publicidad televisiva. Sexo seguro, pero baja autoestima.
La gente da por seguras muchas cosas.
Atrás está mi hermano y uno de sus amigos horribles que me mira por el espejo retrovisor. Estoy muy segura de que se masturba pensando en mí y que me espía cuando me cambio. Pero aún no tengo pruebas. Sus ojos me alteran.
Vuelvo a ponerme los lentes negros. Antes de dejarlos en su colegio mi papá para a cargar gas y cuando me pongo de pie siento que todo me baja de golpe, así que voy rápido al baño y tomo un Actrón, y termino con la Coca Cola Light y las Cafiaspirinas que quedaban.
Salgo y mi celular nuevo, un Nokia N95, suena.
- Hola Diana.
- Pato.
Mi papá arranca y dice algo como que “le salimos caras”. Mucho más que si en vez de GNC, cargara nafta.
- ¿Dónde estás? – pregunta.
- Por el centro, en el coche de mi papá.
Escucho ruido de facultad privada. Voces jóvenes y ruidos de clinck caja.
- ¿Estás en la UADE? – le pregunto, para charlar de algo.
- Sí, estamos acá con Sofía y Mariano que estudia diseño de indumentaria. – Seguramente Mariano es gay y está obsesionado con Pato en secreto. – Nos vemos más tarde, ¿No?
Mi otro oído sigue con el auricular puesto. Ahora son Iggy Pop y Katie Pierson quienes me tararean el estribillo de Candy.
- No. Tengo un par de cosas que hacer.
- Pero… - y mientras habla pasamos por Libertad, frente a una plaza y veo a un chico muy lindo, es un turista, sacando fotos con una cámara digital Sony Cybershot T10 negra a una sinagoga. Un oficial de policía se le acerca y supongo que le pide sus documentos y el chico tan rubio se pone nervioso y quiero bajar, ayudarlo e irme con él a su país, pero el coche acelera y todo queda detrás. - ¿Estás enojada conmigo? – dice él, casi me había olvidado que estaba hablando por teléfono.
No, no es eso, no podrías entender, pienso.
- Un poco, pero dejá, ya vamos a hablar Patricio. Tengo que cortar. – miento. No alcanza a decir nada.
En casa pienso que no es mala idea llenar la bañadera y tirarme un rato. Así que abro las canillas y espero a que se llene. Me desnudo. Me quedo mirando mi cuerpo frente al espejo. No soy como quiero y eso me hace sentir enferma. Siento nauseas e intento vomitar en el inodoro, pero no sale nada. Cuando recupero la compostura miro ya al espejo empañado y hago un circulito en él.
Me miro de nuevo y me acerco. Esta vez no me veo tan repulsiva.
Abro la boca y apoyo mis labios sobre la imagen que se refleja.
Abro los ojos y veo como me beso a mi misma y me siento extraña.
Abro el botiquín y saco del aparatito del asma, que no uso desde hace cuatro años, cinco miligramos de Valium.
Me acuesto en la bañadera y mis ojos se van cerrando. Me imagino a Sofía desnuda. Pienso en el chico de la sinagoga, y por último en Patricio siendo violado por su compañero de facultad. Hasta que me duermo y sueño con cisnes.